Las consecuencias de aquel encuentro fueron horribles. Nunca hubiera pensado que mis actos causaran tantos quebraderos de cabeza al destino: Un apuesto corredor de bolsa buscando zapatos de plataforma a través de internet. Una madrastra furibunda comiendo magdalenas y llorando a moco tendido con las crónica de Sálvame. Una rata presumida que perdió su lazo por una apuesta futbolística. Un chofer de Cabify que llegó antes de tiempo para recogerme y sufrió un huelga en los aledaños de la fiesta.

Y cada vez se complicaba más. Unas hermanastras blogueras que contaron su depresión en Instagran y ganaron un millón de seguidores. Un cocinero distraído, una razón en el aire y suspiro en el baúl de los recuerdos. 

¡Maldita sea la hora que me la encontré! Del cielo llovieron sapos, las ranas criaron pelo y los caballos hacían autostop para dar una vuelta por la feria.

¡Sólo quería un vestido elegante para el coctel de la empresa! Aquella anciana me la había jugado con el dichoso deseo. Menos mal que siempre sacamos una moraleja de todo y en mi caso he sacado dos: Que jamás pediré un deseo y que cuando tenga otra fiesta me compraré un vestido de los chinos. 

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