El pueblo debe conocer su historia

No sé lo que nos empuja hacía el abismo, pero todo está cargado de una ignorancia supina, amén de una manipulación tremendista, que busca siempre lo políticamente correcto, aunque eso suponga cargarse siglos de la historia más grande que jamás ha existido.

Confucio, hace mas de 2000 años, dijo: “El pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla”. Y aquí no solo no se conoce, sino que se procura borrarla para que las generaciones venideras ni siquiera vean indicios de lo que fue. Cuando se debería estar orgulloso de nuestra historia, como lo están los ingleses, franceses, holandeses o americanos, nosotros nos avergonzamos, denostamos de ella y la pisoteamos, creyendo habladurías negras legendarias y borrando del callejero nombres memorables.

Científicos, historiadores, marinos, descubridores, escritores, pintores, artistas y reyes han tachonado nuestra historia de gloria, pero algunos se empeñan, bajo la bandera del feminismo y la memoria democrática, en borrarlos de nuestra memoria, de nuestros recuerdos. Y eso no debería ocurrir.

Borrando la memoria

Ahora, bajo no sé qué premisas, retiran nombres de varios premios que se otorgaban en España, pues ahora resulta que se avergüenzan de Don Santiago Ramón y Cajal (Premio Nobel de Medicina), Don Gregorio Marañón (médico, científico, historiado y una de las personalidades más influyentes del siglo XX), Don Ramón Menéndez Pidal (historiador y filósofo) y Don Juan de la Cierva (inventor del autogiro). Personajes ilustres de nuestra historia que, por lo visto, no conviene recordar.

Y antes, en ese borrado sistemáticos de calles, monumentos y plazas, ignorando quienes fueron o lo que hicieron, señalaron al Almirante Don Pascual Cervera y Topete, que luchó en la guerra de Cuba a finales del siglo XIX, que lo dio todo por su país y que sintió la derrota como se le hubiesen clavado un puñal en el pecho. Y al gran capitán Cosme Damián Churruca, uno de los héroes de la batalla de Trafalgar.

Nunca debemos olvidar a nuestros héroes y heroínas. Aquí todo el mundo conoce al francés Napoleón, el ilustrado que vino a España a rapiñarla, a conquistarla. Pero nadie conoce, ni se enseña, a Churruca, a Blas de Lezo, Bernardo de Gálvez, el Gran Capitán, Hernán Cortés, Cervera, Agustina de Aragón y otros muchos que merecen ser recordados y homenajeados. Pues hoy, con independencia de mi indignación, a parte del homenaje hacia todos los personajes ilustres de España, por todos los que pasearon su nombre por el mundo y dieron su sangre por su patria, quiero dedicar estas letras a esa gran marino del siglo XVIII llamado Cosme Damián Churruca

Churruca, el oficial científico

Churruca vino al mundo el 27 de septiembre de 1761, en Motrico (Guipúzcoa). Dejó el camino del sacerdocio, después de haber estudiado en un seminario, y se enroló en la Compañía de Guardias Marinas del Ferrol, decidido y amante del mar. Aquello era su pasión. Y es a partir de aquí cuando empieza a demostrar sus dotes marineras, en varias acciones audaces. Hay constancia que estuvo en el asedio a Gibraltar, en 1782, demostrando su valentía.

Pero Churruca no solo era un buen marinero, que mareaba en su navío dispuesto a hundir al enemigo, sino que, como tantos otros hombres de mar de su tiempo, era dado al estudio científico y a la cartografía. Era una especie de “Oficial Científico”, como le ocurrió al famoso Jorge Juan en el siglo XVIII o al famoso Balmis.

En 1805 publicó una instrucción sobre puntería, para mejorar la puntería de los artilleros de los barcos, para optimizar el disparo y ser más precisos. La publicación se convirtió en un manual básico para la armada. Tenia una prometedora carrera, llevada por su espíritu inconformista. Pero, de repente, llegó el desastre.

La flota combinada

España se alió con la Francia de Napoleón para luchar contra los ingleses y eso la abocó a un combate naval de graves consecuencias. La flota combinada franco-española, se enfrentó sin remedio y comandada por un inoperante Villeneuve, a la flota británica al mando del genial, y no menos pretencioso, Horatio Nelson. La tragedia sobrevolaba la costa gaditana y Churruca lo intuía.

Cierto que el capitán vasco, al mando del San Juan Nepomuceno, con 74 cañones, no veía clara la lucha pero, tras las órdenes del almirante galo, los españoles se dieron a la lucha por la honra y el deber, como buenos marinos y soldados españoles. Churruca, sabedor de los malos augurios, no contradijo las órdenes y dio las instrucciones precisas para poner su navío en liza.

Todo estaba en manos de Dios. Pero Churruca tenía claro una cosa: pasara lo que pasara, aunque todo se tornara en muerte y destrucción, no se rendiría jamás, seguiría luchando hasta el último aliento. Así lo demuestra el mensaje que envió a su hermano, poco antes de partir de Cádiz hacia la batalla: “Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto”. Victoria o muerte, no había otra salida.

El infierno de Trafalgar

Y en aquellas aguas del cabo Trafalgar vino la desbandada, el virar en redondo, las malas órdenes de Villeneuve, la entrada a cuchillo, para romper la formación, de las dos columnas de navíos de Nelson. Y a partir de ahí la lucha encarnizada, el estruendo de cañones, la sangre en cubierta y la derrota en el horizonte. Unos porque estaban lejos, otros por desatino, lo cierto es que se dieron escenas de barcos españoles rodeados por varios navíos ingleses, y este fue el caso del San Juan Nepomuceno, el comandado por nuestro protagonista.

El 21 de octubre de 1805, el navío de Churruca se encontraba a la cabeza de la primera división, pero al ordenarse el viraje en redondo, para buscar el abrigo de la costa, dejó al San Juan Nepomuceno desguarnecido, en último lugar, y destrozó la formación primera. El navío, de pronto, se vio rodeado y cañoneado por varios buques ingleses, que iban a degüello. Estaba en clara inferioridad numérica pero eso no arredró a su capitán.

En pocos minutos se desató el infierno. Aquel día, de infausto recuerdo, a eso de la 12:30, el San Juan Nepomuceno, escupía fuego a discreción, contra los barcos ingleses que le rodeaban. Pronto fueron cinco navíos lo que cayeron sobre él. Sangre y pólvora, astillas y horror. Dos barcos ingleses pasaron de largo sin dejar de disparar. Y dos bajeles por babor y otro por estribor, se aprestaron a acribillar al buque español, sin piedad. Una locura sobre el mar, repleto de valor, coraje e impotencia. Pero allí no había cuartel ni se pedía. 

Rodeado por 6 navíos ingleses

El cañoneo, incesante, se prolongó hasta las 14:00 horas, momento en el cual arribaron dos nuevos navíos británicos , que vinieron a sumarse a la fiesta de muerte y desesperación. Y sí, cierto es, como dejó dicho Vicente Burugal, un oficial del navío español: …el San Juan tuvo la gloria de batirse contra seis navíos a la vez.

Churruca, desde la toldilla, dirigía con presteza, diligencia y coraje la defensa de su navío, poniendo en un brete a los ingleses que, a pesar de la superioridad, no tenían un tiro fácil. El gran marino vasco puso en práctica sus amplios conocimientos sobre tiro y se mantuvo firme, junto a sus hombres, haciendo pagar muy caro, a los hijos de la pérfida Albión, su derrota. 

Pero, de repente, cuando acaba de apuntar, certeramente, su cañón contra un barco enemigo, para desarbolarlo, una bala de cañón le arrancó la pierna derecha, por debajo de la rodilla. Pero ni siquiera aquella herida tan grave lo detendría. Dolorido, derramando sangre y demostrando un honor mayúsculo, arengó a sus hombres para que siguieran combatiendo, a pesar de que la derrota se cernía sobre ellos, con total seguridad.

Herido de muerte pero sin rendirse

Se dice, se cuenta que, para mantenerse en pie, haciendo un enorme esfuerzo, ordenó que le trajeran un cubo con harina (o arena) para colocar allí el muñón y así mantener la estabilidad. Pero la sangría no paraba y, al final, Damián Cosme Churruca, murió desangrado en plena batalla de Trafalgar, entrelazado su barco con seis navíos ingleses. Épica y valor cuando todo estaba perdido. Honor por los cuatro costados.

Antes de expirar, viendo que su vida se escapaba con rapidez, en el último latigazo de valor, dio las últimas indicaciones a sus hombres: Que nadie se rindiera mientras hubiera un leve aliento de vida en su cuerpo. Es más, ordenó clavar la bandera para evitar que alguien, en su desesperación, la arriase pidiendo rendición o fuese apresada por los ingleses.

Según cuentan, sus últimas palabras, dichas a su cuñado, José María Ruiz de Apodaca, e iban dirigidas a su esposa, fueron: 

Pepe, di a tu hermana que muero con honor en la fe que profesa la Santa Iglesia Católica, Apostólica Romana, amando a Dios de todo mi corazón y estimándola mucho; que se acuerde de mí, como yo me acuerdo de ella”.

Derrota con honor. Siempre en la memoria

Y sabedor de la derrota, dejó el mundo de los vivos, no sin antes haber luchado con fiereza. Tras su muerte, el San Juan Nepomuceno se rindió dejando la friolera de 100 muertos y 150 heridos. Pero hubo un último acto curioso, en honor a su memoria, pues los seis capitanes ingleses, pidieron al oficial español de mayor rango que entregara la espada de Churruca a aquel de ellos que lo hubiera derrotado. Aquí, el oficial español, sorprendiendo a propios y extraños dijo: “la tendré que partir en 6 trozos pues de haberlo atacado uno a uno, no habrían vencido al vasco jamás”. Detalles para un valiente marino español, un oficial ilustrado y un patriota, repleto de valentía y honor. A título póstumo, se le concedió el grado de Almirante.

Para saber más de la vida de Churruca, aconsejo leer el Libro “Trafalgar” de José Luis Corral, así como la obra “Elogio Histórico del brigadier de la Real Armada Don Cosme Damián Churruca y Elorza, que murió en el combate de Trafalgar en 21 de octubre de 1805, escrito por el amigo más confidente que tuvo”, que da datos impresionantes sobre la batalla y el comportamiento del valeroso capitán. Y también es interesante la obra del historiador Cesáreo Fernández Duro, sobre la Historia de la Armada Española. Y, por último, y no menos importante, está la obra de María Dolores González-Ripoll Navarro, “A las órdenes de las estrellas. La vida del marino Cosme de Churruca y sus expediciones a América”.

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