Una mujer veloz

A veces, la vida nos da una segunda oportunidad para aprovechar nuestros pasos y sentir de verdad el camino. Y Betty Robinson no fue una excepción pues regresó a la vida para montarse en ella y ganar un oro olímpico en atletismo.  Y regresó en el sentido literal del término pues todo el mundo la llegó a dar por muerta. 

Betty nació en Illinois (EEUU) el 23 de agosto de 1911 y su llegada al atletismo fue casual. Y es que, en 1928, estando embobada en sus cosas, se dio cuenta que el tren que la tenía que llevar al instituto se le escapaba y, sin dudarlo, se puso a correr para pillarlo. En una de las ventanas, la contemplaba asombrado su profesor de Biología que se maravilló de la gran velocidad que alcanzaba la joven Betty para coger el tren.  Sin dudarlo le hizo una prueba que con creces superó y desde ahí comenzó su andadura en el atletismo.

Desde el primer momento se vio que Betty llegaría lejos, estando siempre entre las tres primeras en la distancia de 100 metros.  En una de esas carreras oficiales consiguió su billete para los Juego Olímpicos de Ámsterdam. Y allí, la joven Betty, le confirmó al mundo entero que era la mujer más rápida del planeta. A sus apenas 16 años logró una marca de 12”2, ganando el oro olímpico en la prueba y convirtiéndose en la primera mujer que conseguía  aquella presea en atletismo. 

También en Ámsterdam consiguió la plata con el equipo americano de relevos 4×100, siendo derrotado por Canadá.  Una campeona que nació para correr, para volar. A su regreso a EEUU siguió cosechando victorias y fue la primera mujer escogida como representante oficial de la Northwestern University. El futuro de Betty era halagüeño y veloz, siempre marcado por el ritmo de su zancada.

Vencer a la muerte

Pero las cosas fugaces, muchas veces, sufren un frenazo brusco que asusta a propio y a extraños. Un día de 1931, el mundo de Betty se vino debajo de manera abrupta. Estando en su casa descansando, antes de la prueba olímpica que se celebraría en Los Ángeles, se montó en un aeroplano con su primo. El aparato se estrelló al sur de Chicago. Cuando llegaron los servicios de rescate la encontraron sin señales de vida entre placas de metal y trozos de madera. “No hemos podido hacer nada por salvar su vida”, dijo unos de los hombres que había acudido en su socorro.

Por fortuna, el empleado que la preparaba para su entierro notó algo extraño y decidió, tras consultarlo con los compañeros, llevar el cuerpo al hospital. Los informes posteriores le dieron la razón: la joven no estaba muerta, sino en coma.  Aún así los doctores no dieron esperanzas de que despertara pero, en contra de toda lógica, Betty volvió a la vida siete semanas después del accidente. 

La fuerza de voluntad

Y aquí empezó su segunda vida. Las palabras de los médicos fueron tajantes: “No volverás a caminar, pero deber sentirte afortunada de haber sobrevivido”. Tenía graves fracturas de caderas y una pierna a la que le tuvieron que poner clavos. Empezaba un camino muy duro para Betty pues la atleta más rápida de la tierra apenas podía dar un paso. Pero se repuso y decidió luchar contra los elementos para volver a correr, costase lo que costase.

La fuerza de voluntad, su entusiasmo, fue la mejor medicina. Y aunque no podía flexionar la rodilla, su objetivo era la carrera, correr, volar sobre la pista. La faena era titánica, el esfuerzo tremendo pero el espíritu de lucha indomable.

Con un duro trabajo de rehabilitación, a los dos años del accidente consiguió caminar pero esto no le bastaba. Poco a poco empezó a correr e, incluso, se atrevió a cronometrase para comprobar que iba parando el reloj en buenos tiempos. Ya estaba lista para volver. 

Con el lastre de no poder doblar la rodilla y con la pena de no poder competir en su prueba favorita de los 100 metros, al necesitar un arranque en baja posición, se decidió por el relevo 4×100, que le permitía arrancar de pie. Y se dedicó, en cuerpo y alma, a entrenar aquella prueba.

El Ave Fénix

En 1936, 5 años después del accidente,  después que la dieran por muerta y que le dijeran que no volvería a caminar, Betty se clasificaba para los Juegos Olímpicos de Berlín. Y en la carrera de 4×100 femeninos, con ella en la tercera posta, EEUU lograba la victoria por delante de Gran Bretaña y Canadá. Aquel oro reflejaba la batalla personal, el ímpetu, la fuerza de voluntad y el entusiasmo de una mujer que jamás se dio por vencida. Betty resurgió de la muerte para volver a ganar un oro.

Tras aquella victoria se le conoció como “La sonrisa de América”, “La novia de Ámsterdam” y “El Ave Fénix”. Había llegado a la cima de su carrera, había conseguido volver después del accidente, superando todos los escollos y aprovechando la segunda oportunidad.  Siempre ligada al mundo del atletismo, se retiró para entrenar. Se casó y tuvo dos hijos. En 1999 fallecía a los 87 años, víctima de un cáncer. 

Betty Robinson, la mujer que luchó contra la muerte para conseguir una medalla de oro, la mujer que venció al desánimo para seguir caminando, para seguir, corriendo, para seguir volando.

 

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