Un silencio en la noche oscura, roto por el quejido lastimero en una fragua lejana. Ronco clamor de tímida presencia que brota por las venas del sentimiento y vence a las letras más amargas, a los palos más traicioneros. Compás de espera y lamento. Un deseo, una pasión, un sueño, una victoria y siempre el flamenco. Así es Úrsula Sánchez.

Coplas escondidas

Úrsula Sánchez es de Sevilla y vino al mundo un 24 de abril de 1981. Entre juegos infantiles, adornos del barrio humilde que la vio crecer, y esos incansables pasos del tiempo, de sus primeros cantes jamás fue testigo nadie pues su tremenda timidez hacía que se escondiese de todos.

Dedicarse al flamenco, cuestión que había visto desde pequeña en su familia, era una quimera, una montaña demasiado empinada y por eso, ausente de todo, se escabullía de las miradas indiscretas para entonar algunas letras o ensayar algún palo.

Y los giros del destino, con la resignación en la mochila, hicieron que Úrsula, sin olvidar la sangre mamada ni los ecos de aquel flamenco inicial, ejerciera de cajera de supermercado. Mucho trabajo, muchos escollos y un quejido interior que luchaba por salir.

Quejido por seguiriya

Otro trazo más de la vida, caprichosa y fugaz, hicieron que Úrsula, con 23 años, fuese madre soltera. Ayuda incondicional de unos padres incansables y paciencia en el camino, pero un sueño cada vez más difícil de alcanzar. Una estrella lejana en un cielo infinito y luz que nadie veía brillar. El flamenco en el corazón pero con una triste “soleá” en las entrañas.

De nuevo un giro de muñeca, un quejido profundo, una seguiriya de luto y el quebrar del alma. Con 27 años le detectan una Leucemia mieloblástica aguda, una corona de espinas dolorosa, una cruel enfermedad que cambiaría para siempre el sino de Úrsula, su concepción de la vida y la forma de afrontar los abismos. Un momento duro, de tristezas, lucha y lamentos.

Una lucha extenuante, de tratamientos invasivos, esperanzas rotas, sueños olvidados y unos familiares, espectadores y expectantes, sufridores y anegados, que jamás renunciaban a un rayo de esperanza, a una alegría bien cantada. El verano más doloroso de su vida, según dice Úrsula, el verano más cruel y más traicionero.

 

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Bulerías en el patio

Pero el destino, a veces, escribe pasajes de la historia con los trazos torcidos de una toná desentonada. Una fortaleza iracunda, la cabeza fría y un fandango valiente, tomaron el rumbo marcado y determinaron un destino: curarse y ser “cantaora” flamenca. Y como reza la canción, así se lo dijo a su madre: “Mamá, quiero ser artista”.

Horas de lucha, de dolor y vigilia. Trazos de emociones sinceras, rasgueos de guitarras, pasiones encendidas, encuentros frustrados y tímidos avances. Y en la nausea estaba el sueño escondido de un escenario bien plantado y el bálsamo curativo de aquellas bulerías de siempre. Ese era el camino.

Úrsula descubrió que lo que le daba más ganas de vivir, aquella medicina milagrosa que la curó y le dio alas para salir del abismo fue su música, su flamenco, aquellas letras bien entonadas. Y así lo estudio y así se dedicó, día tras días. Ya que sin él, sin su música, sin el flamenco se moría.

Úrsula Sánchez y la recompensa del aplauso

Y vaya si salió con fuerza la joven Úrsula de aquella habitación del olvido. Empaque, genio y figura sembraron escenarios de esfuerzo, embrujo y una voz grande, que llegaba a los más adentro. Preparación constante y un sendero arduo hacia una cima, ahora cada vez más cerca.

Al final, con valentía y ese duende que se va sembrando, ganó el flamenco a la muerte y Úrsula lleva 7 años como “cantaora”, como artista, como flamenca de voz viva y alma errante. Peldaños de tormentas no pedidas, piedras que salvar y voces que escuchar.

Úrsula es una luchadora de la vida que ha seguido cantando, desde pequeña, hasta atronar los cimientos de la memoria y sembrar de aplausos el teatro de los sueños. Un cariño sentido y un clavel recogido al vuelo. Una gran escollo salvado, un objetivo conquistado y una esperanza en la frente. Flamenco en la sangre que fluye con fuerza para hacer camino y seguir cantando. ¡Y olé!

Espero que os haya gustado esta historia de resiliencia, este “quejío” de vida de esta gran luchadora, que sigue cantando y viviendo. Espero vuestros comentarios e historias de resiliencia para ir poniendo gotas de vida en este camino, lleno de piedras.

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