Llegué al sitio señalado con el ímpetu de un chaval de quince años que pretende impresionar a una muchacha de buen ver, con su porte y gallardía. Bajé del coche con el entusiasmo apropiado y saludé a la comitiva organizadora que me esperaba a las puertas del auditorio, luciendo sus mejores gestos. Buenas caras, trato exquisito y un cruel destello de amargura bajo el dintel de la puerta de mis desvelos. Los augurios estaban escritos y no habría deidad que lo impidiera.

 

Apretones de mano, de firme convicción, desentrañaban los pormenores de unos fastos indeseables pero necesarios. Todo estaba preparado para la función y el protagonista se encontraba a punto de entrar en escena.

 

Me sentía enormemente afortunado con aquel recibimiento. La comitiva abría paso y me escoltaba convenientemente, como si fuese un galán de cine que estaba dispuesto a realizar su rueda de prensa tras el estreno de su película. Agasajo, prebendas y unos rostros ilusionados, ante la entrada de aquel escenario. Todo parecía en su sitio pero la rueda de la fortuna, en el aquel preciso instante, dejó de girar para mi.

 

Aquel maldito escalón iba a jugar un papel crucial en el devenir de los tiempos. Mirando hacia el frente, con mi mejor cara, no me percaté de aquel elemento invasor, macabro borde de mármol que izaría para siempre los rescoldos de mis lamentos.

 

Con el ímpetu que me caracteriza, y pretendiendo hacer una entrada triunfal (como suele decirse: con el pie derecho), tropecé de mala manera con aquel peldaño impertinente y todo se desboronó a mi alrededor. Me precipité hacia los primeros espectadores y choqué con un camarero que portaba una bandeja de canapés. El estruendo fue asombroso y el bochorno digno de ser recordado. No pude entrar con peor pie en mi futuro pero no quedaba más remedio que levantarse y seguir caminando

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