Seguí el rastro de aquellas volutas de humo,

llevado por la añoranza y la tradición,

y conforme me acercaba a la esquina,

me iba impregnando de un aroma añejo,

viajando en el lindero de los sabores

y regresando al sendero de mi niñez.

Calles que achicaban los recuerdos,

la multitud caminando impaciente

las arrugas asomando por el alma,

los nervios de nuevo en el estómago

y las manos frotándose con rabia,

para espantar al frío hiriente de la tarde.

Y allí estaba de nuevo, el mismo puesto de siempre,

la misma mujer, con más años encima, pero igual de sabia,

maestra de verdades y musa del otoño.

Fuego y sal, fruto y tierra, hojas que vuelan

y el resquemor de un tiempo pasado

que me quema la piel con alevosía.

Y con el corazón expectante, el cartucho lleno,

y la memoria a flor de piel,

puse dos euros en las manos callosas de la mujer

y me dispuse a disfrutar despacio, sin prisas,

como si de un primer beso se tratase,de la primera castaña asada del año

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