Tiene que prepararse, pronto vendrán por ella, como ángeles de la muerte que abren la vereda del espanto y el crujir de dientes. Y no pueden verla abatida, no se puede permitir mostrarse derrotada ante aquellos sabuesos del régimen.

Un nuevo gesto, de orgullo interno y rabia contenida, la sorprende mientras espera: se siente renacer de sus cenizas, abandonar aquella desolada estancia y proclamar sus conquistas a los cuatro vientos.

Alegre y decidida, rememora aquel momento de su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, su opera prima, su obra maestra en aquella lucha por la liberación de las cadenas del tiempo, por cortar las ataduras que mantenían a la mujer sumisa y sin ningún tipo de derecho. Recuerda, uno a uno, aquellos artículos de emoción en lo que puso todo su empeño y coraje.

  • Derecho al voto, a hablar en público, a poseer y a controlar propiedades… -comienza a relatar de memoria aquellos párrafos, alzando la voz para ser escuchada por el resto de las personas detenidas.
  • La mujer es igual al hombre, en todos los aspectos de la vida pública y privada –sigue proclamando con fuerza y vitalidad, encendida por aquella doctrina escrita y, por desgracia, poco defendida.

Con el rostro hacia al techo enmohecido, con el porte elegante y la estampa de una mujer luchadora, relata mecánicamente aquellos derechos anhelados, como si quisiera insuflar una nueva fuerza a su ánimo maltrecho, para que la lleve de la mano por aquel último sendero.

Los alguaciles ya suben por las escaleras, Olympe los espera de pie, firme y dispuesta ante su destino. Se alisa su vestido azul, algo raído por el uso, como un recuerdo doloroso y harapiento de un ayer soleado. 

Sin cruzar palabra y cumpliendo marcialmente las órdenes, aquellas dos sombras agoreras, reflejo decadente del gobierno, escoltan a la detenida al patíbulo.

Miradas sucias, gritos sin misericordia y la rabia incontenida. Las calles resuman podredumbre a raudales, como una ponzoña de malicia y envidia, propiciada por aquel Comité de Salvación Pública. ¿Qué ha sido de aquella revolución y sus ideales? Olympe, ante aquella frustración, agacha la mirada y siente la cruda realidad sobre sus hombros, como una carga agónica que quema sus entrañas.

Poco a poco, entre voces enfurecidas, insultos y desperdicios, su hora se acerca sin remisión; está preparada para subir a aquel escenario funesto, dónde representará su última función, dónde el telón, aquel de su intensa vida pública, bajará definitivamente.

Al pie de las escaleras, un lacayo del régimen lee la sentencia vilmente impuesta por aquellos bastados traidores. Da cumplimiento al mandato y ordena la ejecución de la pena con inmediatez. Ante aquellas palabras de muerte, Olympe, con el último empuje de su coraje valiente, con su armadura de revolucionaria y defendiendo la libertad del pueblo, lo mira de arriba abajo y, recordando sus creencias, le espeta:

  • Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta.

            Aquel personaje, cariacontecido y desarmado, se ve sorprendido por la altivez de la mujer, por su orgullosa presencia y por la forma de afrontar su mísero destino. Baja la cabeza, sin nada qué decir, y se pierde en el silencio bochornoso de aquella muchedumbre maldita y envenenada.

            Cada peldaño es un mundo, cada tabla una pesada losa, cada clavo una herida y cada grito una oscura fosa. No puede más, se abandona a su suerte y clava las rodillas en aquel armazón tétrico para colocar su cabeza en posición, siguiendo las indicaciones del verdugo. Su suerte está decidida.

            En aquel preciso instante, justo antes de que la hoja de la guillotina caiga, con su gemido de muerte, se acuerda de aquella frase que escribió en su momento glorioso, en el fragor de la lucha:

  • Si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, también debe tener el de subir a la tribuna –dice entre dientes, con la boca seca y masticando cada palabra, para a continuación añadir: Yo he subido a mi cadalso, espero que alguna suba a su tribuna.

Y la hoja baja rápidamente, con un susurro espeluznante, para cortar de raíz cualquier esperanza, para cercenar todo derecho de réplica y súplica. Se hace el silencio en aquella plaza, repleta de oscuridad, y los ojos de Olympe de Gauges se cierran definitivamente, ante la ceguera de todos.Pero su muerte no será en balde, pues la sangre derramada regará los pilares de la convivencia y su entrega tendrá recompensa. Una semilla ha quedado sembrada en el suelo de París y un germen intenso, de libertad, igualdad y fraternidad, brotará con la fuerza de cien leones.

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