El calor estaba mermando las fuerzas del mariscal Dupont y éste había ordenado a sus hombres apoderarse de algún que otro pozo o acequia. Aquellos soldados gabachos, sabedores de lo que se jugaban en aquellos campos andaluces, se empeñaron con denuedo e ira para lograr el objetivo anhelado. Pero los defensores españoles, bien posicionados y aleccionados, se batieron con ferocidad para repeler la furiosa embestida y proteger aquel bien tan preciado. 

            Y en medio de la refriega, surgió la osadía de una mujer que caminaba con pies de plomo y a la que no le temblaba el pulso a pesar del paisaje desolador y los estruendos mortíferos de los cañones. 

            María Bellido vigilaba a su alrededor por si se producía alguna escaramuza. A pesar de no fiarse, continuaba impertérrita, avanzando por aquel sendero del agua. Ya vislumbraba las primeras posiciones de retaguardia y las quejas de los heridos empezaban a ser patentes en aquel ambiente caluroso. A lo lejos, sobre una loma, distinguió el puesto de mando del general Reding. Actividad en ebullición constante, maniobras desesperadas y lances de una contienda demasiado larga y cruenta.

            La aguadora, con un profundo suspiro y un gesto valiente, empezó a revitalizar los ánimos. Sorbos de agua viva que refrescaban el gaznate de los soldados, reconfortando cuerpo y alma; aquel líquido salvador cauterizaba la sed atroz que estaba martirizando a los combatientes y mermando las fuerzas. Todo contaba para la victoria y el agua sería un gran aliado en aquella contienda. 

            Los franceses, sin poder acceder a ningún pozo, abrevadero o acequia, luchaban contra lo imposible, torturados por aquel calor insoportable del mes de julio, por lo que, poco a poco, fueron perdiendo mordiente e ímpetu.

            María, sin prisas y con un gesto dulce de paciencia, fue dando de beber a los soldados que se iba encontrando a su paso. Un trago de aquella cántara salvadora que pronto se acabaría, para desconsuelo de los presentes. Vuelta a empezar y a desandar el camino para llenarla otra vez.  El peligro acechaba en cada palmo de terreno pero la determinación de cumplir su cometido la ayudaba a continuar.

            Con el recipiente lleno de nuevo, María acometió su misión sin rechistar, volcando el líquido preciado en los labios de los sedientos guerreros, que remojaban los ánimos para seguir luchando contra el gabacho invasor. Otra carga, otra andanada de vida que espabilaba los sentidos y devolvía las fuerzas a los defensores de la libertad y la patria.

            Sin pretenderlo, acercándose a cada posición defensiva y entablando tímidas conversaciones con los soldados, que agradecían fervientemente aquel gesto, se vio en lo alto de la loma, donde estaba el general Reding. Mandos, órdenes, preocupaciones en los rostros y un sol que bajaba a destajo para dificultar los planes y poner en apuros a los adversarios.

            De pronto levantó la cabeza y tuvo conciencia de aquel escenario indeseado y trágico. Disparos por doquier, avalanchas de gritos en el aire que intentaban romper la resistencia y una lucha encarnizada por la vitoria. En aquellos instantes, siendo testigo de la batalla, apartó la mirada del campo de batalla y apretó los labios: no podía permitirse una distracción. Segura de que su esposo estaba luchando, musitó una leve plegaria para que Dios lo protegiera. Ella, a pesar de todo, debía seguir por aquella senda marcada por el agua.

            Silbidos de proyectiles macabros que amenazaban la vida, cercanía de la muerte certera, olor a pólvora que rasgaba la garganta y un ardor intenso en la mirada. Aullidos de rabia y una lucha implacable por la supervivencia. María podía caer en cualquier momento pero seguía firme, revestida de gélida valentía.

            Y con el sol de Julio haciendo estragos, María, sin prestar atención al peligro que la rodeaba ni a los diferentes comentarios de los oficiales, se aproximó hasta el puesto de mando, en el centro de la formación. Quería ofrecer agua al mismo General Reding, que estaba atento al devenir de la contienda y no quitaba ojo del frente.

            De repente, saliendo de la nada, una esquirla de metralla destrozó la botija que llevaba, en el momento que la elevaba para dar de beber al general; pero María, lejos de amilanarse y salir corriendo, se quedó quieta. A continuación, con serenidad y sangre fría, recogió el tiesto abombado en el que había quedado un poco de refrescante agua y se lo ofreció a Reding. Éste, asombrado, sació su sed y, a continuación, dijo:

  • Has demostrado gran valentía mujer ¿Cómo te llamas? ¿De donde eres?
  • Me llamo María y soy de Bailén –dijo, sin apenas inmutarse.
  • Puedes estar orgullosa de tu noble misión pues el agua que estás llevando a nuestras tropas nos hará ganar esta batalla.
  • Es mi deber general. Debemos expulsar a los franceses de nuestra tierra y reponer en el trono a nuestro rey.  

            Y María, sin decir nada más y con la firme convicción de que estaba sirviendo a su patria, se dio la vuelta y siguió pululando entre los olivos de Bailén con el cometido de saciar la sed de los soldados españoles, en aquella gloriosa y calurosa mañana.

            El sol, en medio del cielo despejado, derretía las almas desamparadas, mientras que los fusiles iban apagando su cadencia de fuego. Menor ímpetu y una voluntad hecha añicos por la devastadora sed que había asolado a los franceses. Todo se desboronaba y el final se presentía cercano y triste.

            María, con un tremendo esfuerzo por su parte, no dejaba de dar paseos al pozo para llenar la nueva botija y continuar con su labor aguadora. Pasos de ida y vuelta por la senda del valor, poniendo sus brazos y su coraje al servicio de la libertad y la patria. Agua de vida y esperanza; agua para una victoria. 

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