Empezando el día

Ansia irrefrenable que se agita intranquila y una lucha sin cuartel por poner un pie en el suelo. Primeros pasos que pesan como el plomo y una nube en los ojos que todo lo cubre.

No atiendo a razones, ni a sonidos estridentes ni a las advertencias del minutero impaciente. Mis movimientos, aprendidos y automáticos, trazan la ruta apropiada y sigo por el pasillo en penumbra. Un tropiezo impertinente y una queja postrera, que rompe la madrugada:

  • Maldito bloque de construcción –musito entre dientes, acordándome de mis hijos, mientras trastabillo, intentando encontrar el interruptor de la luz.

Como sonámbulo me dejo guiar por la visión, por el aroma expectante y el color de su piel, y mantengo el rumbo que me dictan mis sentidos aletargados. Nada me puede detener pues es necesaria la rutina y el aderezo.

Llego mientras bostezo mi pereza, deseoso de poner en marcha la maquinaria. Un botón mágico, una cápsula revitalizante y una espera inquieta que culmina con el sorbo intenso de vida en una nueva mañana.

  • No hay nada como un café cargado para espabilarse –digo, mientras saboreo mi momento del día, el instante sosegado cuajado de sabor y energía.
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